Si comparamos el universo de la medicina estética de hace unos veinte años, aproximadamente, con las ventajas que éste sector ofrece en la actualidad, notaremos en seguida que el factor de crecimiento, y también de eficacia a la hora de hablar de tratamientos, están directamente relacionados con la tecnología.

Hoy en día, un cirujano plástico en Capital Federal cuenta con las mismas herramientas tecnológicas que cualquier otro profesional de la medicina estética situado, por ejemplo, en cualquier capital europea. La tecnología unifica, es cierto, y permite que todos los tratamientos estéticos que ya han demostrado su eficacia puedan replicarse en cualquier parte del mundo, independientemente de la infraestructura que posea el centro de estética en cuestión.

Esto quiere decir que aquel viejo cliché de los ’80, que se extendió a lo largo de buena parte de la década de los ’90, esto es, viajar al exterior para realizarse una cirugía estética, en la actualidad es totalmente innecesario, y hasta absurdo, desde una perspectiva médica. Una cirugía facial realizada en Capital Federal cuenta con exactamente los mismos recursos tecnológicos que otra realizada en los Estados Unidos y Europa.

Todo esto es posible, en principio, gracias a los enormes avances tecnológicos en materia de medicina estética, pero también a la posibilidad de que esos avances puedan ser aplicados de forma accesible para la gente. Ya no existe un tabú en relación a este tipo de tratamientos, como si fuesen algo de lo que hay que hablar en voz baja, y con suma prudencia. Ya nadie los considera un motivo de bochorno, sino más bien todo lo contrario.

No es casual que el desarrollo de mejores recursos tecnológicos para el sector de la medicina estética coincida con un aumento en el cuidado que el promedio de las personas en las grandes ciudades tiene en función de su estética personal. En todo caso, los avances tecnológicos han sido una forma de cubrir una demanda en aumento. La gente quiere verse mejor, y ya no teme recurrir a la estética para lograrlo.

Esto implica una enorme responsabilidad, desde luego, sobre todo a la hora de diseñar aparatología capaz de lograr mayores niveles de eficacia en los tratamientos estéticos. Todo parece indicar que los límites, en este sentido, seguirán expandiéndose indefinidamente. El sector privado invierte sumas de dinero estremecedoras para conseguir mejores tratamientos, y la tecnología necesita estar a la altura de ese desafío.

Deberíamos recurrir a la ciencia ficción para imaginar cómo serán los tratamientos estéticos unos veinte o treinta años en el futuro. Una cirugía facial, por ejemplo, podría ser realizada de forma totalmente automatizada, aunque es probable que el factor humano siga teniendo preponderancia.

Desde aquí nos parece interesante plantear estas reflexiones, por cierto, apenas ilustrativas, acerca de la relación que mantiene la tecnología con el universo de la estética. Es probable que ese vínculo se vuelva cada vez más fuerte con el transcurso del tiempo, hasta que ambas cuestiones se tornen prácticamente inseparables una de la otra, si no es que ya lo son.